Antonia
Payero
(Madrid,
1940). Doctora por la Universidad Complutense, Facultad de Bellas
Artes de Madrid, de la que ha sido profesora entre 1990 y el 2000.
Realiza, desde 1969, más de una veintena de exposiciones individuales,
entre otras en la Galería Orfila (1981, 1997, 1999, 2002, 2006
Antonia Payero GaleríaOrfila y
2009 ) y la Asamblea de Madrid (1988, 1995); Galería Chroma,
Vigo (2004).
Ha
participado en colectivas y certámenes en varios países,
como la Bienale Internazionale della Grafica, Palazzo Strozzi, Florencia
(1976); XVI Bienal de Säo Paulo (Brasil) (1981); Libros
de Artistas, Biblioteca Nacional, (1982) y Fuera de Formato,
Centro Cultural de la Villa (1983), Madrid; PORTOARTE, Feria de
Arte Moderno y Contemporáneo, Oporto (2002); Desacuerdos,
MACBA (Barcelona) y Centro José Guerrero (Granada) (2005).
Obtiene
las Becas de la Fundación Rodríguez Acosta, Granada
(1967) y de la Fundación March, Madrid (1971), siendo distinguida,
entre otros, con el Premio Arganzuela, Madrid (1982); Premio Diputación
de Ciudad Real, Puertollano (1983); II Premio Ayuntamiento de Torrejón
de Ardoz y Premio en la II Bienal Nacional de la Diputación
de Palencia (1983).
El expresionismo al límite de Antonia Payero.
Una de las definiciones del expresionismo
es aquella que lo ubica en una incesante búsquedad de los
orígenes, desde un genérico primitivismo que engloba
el arte de los pueblos no occidentales, de la infancia de la humanidad
e incluso de los mismos individuos, o las expresiones de lo popular,
hasta la manifestación lograda de una ingenuidad que dimana
de la interioridad del artista, una espontaneidad mediante la que
se libera de las convenciones de la mirada y el conocimiento, sea
éste cultural o de su oficio, y a través de la que
halla precisamente la originalidad o, lo que es lo mismo, un origen
encarnado en nuevo proyecto, actuante y vivo, resultado de esa inmersión
existencial mediante la que logra desasirse de todo vacuo y gastado
idealismo, referido éste tanto al decoro de la forma como
a la disfunción de lo real.
Sin embargo, tal definición propendía
a una fácil transposición del mito individualista
y la suplantación paradójica de los valores asociados
de progreso -técnico, productivo - por los más intrincados
de una suerte de regresión que, especialmente en el postmodernismo,
vendría a presentarse como operación consoladora de
lo que a esas alturas no era sino una subjetividad exhausta: las
consabidas recuperación del sujeto y de la misma "pintura"
como vindicación hedonista, ambas en un sólo acto.
Se quedaba en el camino o se escamoteaba directamente el cuestionamiento
de una realidad cada vez más artificiosa por imperiosamente
tecnificada, pero también por haberse convertido en mero
simulacro a través de su calculada y homogeneizadora difusión
mediática. Una estetización de la realidad -nueva
inflación idealista -, producto de la cultura de masas conformada
por el reclamo eufórico y complaciente de la publicidad y
que contenía toda las posibilidades para su traslación
a su vez a nuevos simulacros artísticos, como lo había
hecho el Pop, pero sin la mirada fría y distanciada de éste,
más aún, en una nivelación por abajo de lo
que habría de ser la última vuelta de tuerca de la
postmodernidad: la legitimación del kitsch y, a su través,
la espectacularización de la cultura, contribuyendo a desarticular
las instancias liberadoras que ésta acarrea como depositaria
de la memoria de la experiencia colectiva.
El expresionismo de Antonia Payero se sitúa
polémicamente entre todas estas tesituras; primero en una
remontada a uno de los principales orígenes o afluentes de
aquel, como es el fauvismo, palpable en la exaltación del
color, en el mismo protagonismo, más que escenográfico-impresionista
o de estudio, de la efusión de la Naturaleza en sus cuadros,
pero también en esa "alegría de vivir" con
que trata de corregir, aun irónicamente, todo ese exceso
de carga retórica y de sentimentalidad trágica que
en un cierto momento se constituyó en marchamo de la lectura
expresionista, ocluyendo el verdadero despliegue de sus contenidos
utópicos y de su misma disposición crítica
respecto a una realidad que, siempre inmiscuida desde una perspectiva
existencial aunque no discursiva -en el sentido de su disquisición
racional o científica -, como no puede ser de otra forma
en la creción artística, señala uno de los
principales rasgos de esta tendencia. Una realidad que, ciertamente,
pasa a ser otra en el sueño despierto del expresionismo y
que Payero reelabora a partir de todos esos contenidos desiderativos
que la cultura de masas manipula y aliena, deyectados hasta volverse
irreconocibles sobre lo real de un mundo falsificado al que le falta
tanto un pie a tierra como la propia consciencia de nuestra responsabilidad.
Y así, vuelve e indaga en el origen de estas nuestras fabulaciones,
las confronta en un punto límite con esas imágenes
mediáticas que nos asedian, como también las coloca
en ese límite vertiginoso y aún desconocido que se
encuentra en todo proceso de transformación y que alienta,
quizán aún de manera dormida, en toda esperanza. Es
también la vuelta al origen desde un proyecto de futuro:
"la naturalización del hombre y la humanización
de la naturaleza", como planteara Marx, en ese despligue actuante,
ya no estático ni contemplativo, del factor subjetivo sobre
el objeto y las posibilidades latentes que éste encierra,
estableciéndose una relación recíproca que
se retroalimenta y de la que se desprende la modificación
de la conciencia ya no alienada del ser humano.
A. Leyva Sanjuan
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