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Mercedes
Solé, que por primera vez muestra,
en galería Orfila, una amplia selección de sus copias,
nació en Madrid y se formó en el taller CEPA con
Dulce Chacón y en Artestudio con Abel Borja, José
Barranco y Pepa Muñoz. Hizo un curso de paisaje en el Valle
del Baztán. Ha participado en subastas y muestras colectivas
(Premios Francisco Cantero, Feria de Arte Independiente, Jardín
de Serrano, Salón de Otoño... en Madrid, Homenaje
a Zabaleta en Quesada, Miradas en Alicante...) y certamenes (Blanco
y Negro, Nacionales y Provinciales de Pintura Rápida, de
Primavera AIMA, FMD, entre otros). Colaboró en el libro "Don
Quijote en el Café Gijón", ilustrando también
algunas revistas y publicaciones. Es copista del Museo del Prado
desde el año 2007. Tiene obras (Tiziano, Tintoretto) en la
Iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción en Bohoyo (Ávila),en
Miami (Rivera, El Greco, Zurbarán) y en colecciones privadas
de España.
EL PRADO ES UN ESTADO DE CONCIENCIA.
En 1985, con este titular y en colaboración
con el poeta y crítico Manuel Conde -de no desdeñable
aunque injustamente olvidada significación en el proceso
de reconstrucción de nuestra doméstica vanguardia
en las décadas de los años cincuenta y sesenta - presentábamos
en esta misma galería, Orfila, una exposición
singular: una veintena de pintores que interpretaron, desde sus
personales modos expresivos y adecuando sus apoyaturas argumentales
a las exigencias de su circunstancia, las realidades ya invisibles
o inaprensibles por lejanas, que se alojan en el Museo del Prado,
tal hiciera Pablo Picasso con tan conocidos como siempre sorprendentes
cuadros.
Un
estado de conciencia, pero también un inmenso espacio, ¿diez
mil, quince mil, cuántos metros cuadrados? de magia y silencio,
un espejo de azogue descompuesto diría Manuel Conde,
en el que se reflejan sin daño aparente los 7.695 cuadros
que tan minuciosamente registra su última catalogación.
Pese a alguna poco razonable licencia, quizá debida a la
voluntariedad de quienes por conocerlos creen que todos los conocen,
tal la ausencia de datos identificativos de las obras que se reproducen,
convierte casi en curiosidad arqueológica aquella decorosa
y bien intencionada guía de sus iniciales 311, seguramente
mal colocados según el gusto de entonces, debida al celo
del conserje del Museo D. Luís Eusebi, publicada el mismo
año de la inauguración, 1819, de tan espléndida
pinacoteca en el Paseo de San Jerónimo, en donde en invierno
al sol y en verano a gozar de frescura, es cosa muy de ver y de
mucha recreación la multitud de gente que sale, de bizarrísimas
damas, de bien dispuestos caballeros, tal escribiera en 1549,
un Pedro Medina es posible que con el oculto deseo de salvaguardar
lo que podría desaparecer con el repetido discurrir del tiempo.
Este prontuario es, por los datos que aporta,
otro aliciente para la reflexión.
Así, el refrendo estadístico -que
subraya la necesidad en nuestros días de las discutidas leyes
de igualdad -que atestigua que sólo son siete, salvor error
de recuento que en todo caso no será de bulto, las mujeres,
ninguna española, aquí representadas: Lucía
y Sofonisba Anguisciola, dos de una saga de hermanas pintoras, naturales
de Cremona; Margarita Caffi, de Vicenza; la romana Artemisa Gentileschi;
Marieta Tintoretta, de Venecia; la suiza Angelina Kauffmann y Catharina
Ykens, de Amberes, nacidas, como gran número de los pintores
aquí presentes, en el siglo del Barroco o en sus proximidades.
Esta mínima presencia, casi perdida entre
los autores de fama, perfectamente identificados los más,
junto a la nebulosa de atribuciones y escuelas, de la no menos impenetrableque
envuelve al centenar de artistas de los que nada se sabe por lo
anónimo de sus pinceles y las tantas veces habílísimas
copias de cuadros lejanos, desaparecidos o admirados, son
sin duda un rico entremado de averiguaciones por hacer, que bien
podría justificar la existencia de otros museos, como aquellos
que propusiera Gabriel Garcia Maroto en su fantástica ensoñación,
imposible y utópica como el tiempo luego demostró,
La Nueva España 1930, editada en el año 1927
para mayor confusión de sus lectores.
¿Copias en el Museo del Prado? Aunque sobradamente
conocida y estudiada su existencia por los expertos, es dato que
no deja de sorprender al común de las gentes.
La catalogación reciente a la que nos hemos
referido, facilita su identificación. Las que aquí
registramos con sus medidas para enfatizar la notable visibilidad
de buen número de ellas, provienen de esa fuente. Las menos,
realizadas por autores conocidos. Las más, de olvidados u
ocultos ejecutores:
- De Rembrandt, un autorretrato de 81 x 63 centímetros,
pintada la copia por uno de sus discípulos en el taller del
maestro.
- De Rafael, nada menos que once cuadros, entre
otros, "Transfiguración" de 396 x 263; "La
Sagrada Familia", de 164 x 128; "El sol y Apolo con signo
de Leo", 174 x 133; "La luna y Diana con el signo de Cáncer",
174 x 133; "Marte con los signos de Aries y Escorpión",
174 x 144; "Mercurio con los signos de Géminis y Virgo",
174 x 130, copiados los cuatro últimos por Pietro Falchet.
- De Leonardo da Vinci, "Gioconda", otra
Gioconda, sobre tabla de roble de 076 x 056 centímetros.
- De Van Dyck, siete, entre ellas "Santa Rosalía
de Palermo", 127 x 108, y "La Infanta Isabel Clara Eugenia",de
218 x 131.
- De Velázquez, "Cacería de jabalíes",
189 x 303 (copia que llegó a atribuirse a Goya) y "Retrato
de Luis de Góngora", de 059 x 046.
- De Corregio, tres: "Noli me tangere", 130
x 130; "Rapto de Ganímedes" (pintada por Eugenio
Cajes) de 175 x 073 y "La fábula de Leda", de 165
x 193.
- De El Greco, pintor llegado tarde al Museo a causa
del poco aprecio de que disfrutaran sus demenciales arrebatos cromáticos,
"El entierro del señor Orgaz", 189 x 250; "Expolio",
107 x 069; "Santa Eugenia", 241 x 162, copiados los tres
por su hijo Jorge Manuel Theotocopoli.
- De Antonio Moro, el retrato de "Ana de Austria",
cuarta mujer de Felipe II (metafísico y piojento rey a quien
retratara, entre otros, aquella Sofronisba Anguisciola antes
citada) de 107 x 086.
- De Holbein, "Retrato de Tomás Moro",
tabla de 105 x 073.
- De Rubens, hay seis cuadros copiados, tres de pequeño
formato y tres de 096 x 091. Como algún otro pintor, hizo
también copias de Tiziano, "Adán y Eva",
236 x 184 y "El rapto de Europa, 181 x 200 (cuadro éste
del que se sirvió Velázquez para el tapiz situado
al fondo de "Las Hilanderas"); de Bellini, "El Salvador".
- De Tiziano, "Diana y Acteón", 096
x 197 y "Ecce Homo", 100 x 100, atribuido, del que hay
también copia en El Ermitage.
¿Cuántas más? Y, junto a
ellas, ¿cuántas sorpresas, como la guirnalda de flores
y frutos que pintara Brueghel en la "Virgen y el Niño"
de Rafael, o su paisaje para el "Retrato del archiduque Alberto"
de Rubens, esperan a quien se adentre en este mágico y ahora
ruidoso y a veces atestado territorio?
Algunos siglos después de estos antecedentes
de los Vemeer que, con categoría de falsos, elevara Van Meergeren
a los altares de la especulación, expondría Orfila,
de mano de Orson Wells -Fraude - y de Clifford Irving -El
escándalo de Howard Hugues -, el genial usurpador
de estilos Elmyr de Hory, el más alabado, envidiado,
denostado y bien pagado ladrón de las almas de los artistas
(Picasso, Modigliani, Matisse, Derain... ) que pusieron mojones
orientativos en los caminos por los que iban a discurrir las vanguardias
del siglo XX.
La exposición de copias de cuadros de algunos
de los artistas presentes en el Museo y de otros ocasionalmente
invitados a compartir sus salas, pintadas por Mercedes
Solé -otra generación, otra trayectoria, otra
cultura - desde el respeto y la admiración, fieles y precisas
como consecuencia de una penetrante y pausada observación
tanto como del dominio técnico adquirido, supone la posibilidad
de leer esos cuadros con lectura diferente y seguramente
enriquecedora, al contemplarlos más próximos, más
familiares, fuera del ámbito protector, pero también
distanciador y un punto engolado, del museo.
Si ajena a la dedicación rigurosamente
contemporánea y actual de la galería, engarza esta
exposición, que a muchos sorprenderá, con esa última,
En Tela de juicio se tituló, y con aquella anterior,
Reflexiones en el Museo del Prado, a que nos referimos al
iniciar la nuestra.
ANTONIO
LEYVA.
Escritor
de las Asociaciones Española e Internacional de Críticos
de Arte.
Mayo
2010.
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