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Llanos
Gallardo, nacida en Albacete,
se formó en Madrid con Eduardo Peñoa y en la Escuela
de Bellas Artes de San Fernando, donde estudiaría las técnicas
del mural con López Villaseñor, en el Círculo
de Bellas Artes y en el Taller de Grabado de Manuel Ayllón.
Realiza
su primera exposición individual en la galería Grifé
& Escoda, Madrid, en 1965, destacando otras celebradas en las
galerías Karma (1970), Kreisler (1974, 1981, 1988) y Orfila
(2006), de Madrid.
Participa
en numerosas colectivas y certámenes, como la I Exposición
Internacional de Lanzarote (1974); Salón de Otoño
de París (1978); la muestra itinerante "La Cultura en
Castilla La Mancha" (1984); "Homenaje a Jacqueline y Picasso",
Mougins (Francia), y la itinerante "Pintoras españolas"
(1987); "Doce pintores de Albacete", Caja Rural de Albacete
(1989), y en las colectivas en la galería Orfila "Reflexiones
en el Museo del Prado" (1985), "Madrid, Mundo, Demonio
y Carne" (1987), "Veinticinco por treinta y cinco"
(1998), "Homenaje a Bertold Brecht" (2002) y "Templanzas
y destemplanzas" (2004).
Ha
sido dinstinguida con Molino de Bronce (1967) y de Plata (1969,
1973) en la Bienal de Valdepeñas; Mención de Honor
en los Concursos Nacionales (1971) y las Becas de la Fundación
Rodríguez Acosta, Granada (1970) y del Ministerio de Cultura
(1981).
Antonio
Leyva escribe sobre su obra en el catálogo de la exposición:
... Si contagiada por los humores apremiantes del Goya inquisidor
de maldades, del Picasso alertador de conciencias o del Francis
Bacon turbio y desacralizador, esa expresividad, esencializada en
dinámicas estructuras resueltas mediante la espontaneidad
del trazo y la inestabilidad rítmica, va a desembocar en
una muy coherente indagación, con materiales esencialmente
plásticos, en la desasosegante sustancia del ser humano en
pugna con su propia vulnerabilidad y con su indefensión,
con sus insatisfacciones y rebeldías, con las perturbaciones
que acongojan y con los anhelos que lo construyen, a través
de una teoría de personajes de solitaria o compartida individualidad,
esperpénticamente celebrantes en ocasiones, hirientes y tiernamente
desasistidos, que, dramáticamente anónimos, habitan
nuestra propia azarosa cotidianidad.
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