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Julio
César Ovejero (San
Miguel, Buenos Aires-Argentina, 1949), estudia en la Escuela Superior
de Bellas Artes de Mendoza (Argentina), iniciando su actividad expositiva
en 1969. Reside en España desde 1977.
Entre sus principales
exposiciones, destacan las individuales en el Instituto de Cultura
Hispánica de Mendoza (1977); Club Internacional de Prensa
(1978), Club Financiero Génova (1978) y galería Torres
Begué (1979), Madrid; galería Joaquin Mir, Palma de
Mallorca (1979); Museos de Arte Moderno de Río de Janeiro
(Brasil) y Caracas (Venezuela) (1989); Fundación Caja Madrid
(2004), galerías Victoria Hidalgo (2008) y Orfila (2011),
Madrid; galería Omium Ars, Gerona (2008); además de
las que frecuentemente celebra en Argentina, así como en
Italia y Alemania.
Participa en
colectivas en numerosos países, como el Certamen Internacional
de Puerto Príncipe (Málaga), en cuya edición
de 1980 obtiene Mención de Honor; "Salón de Pintores
Americanos en Europa" de la Bienal de Venecia (1982); Salon
des Nations, París (1984); diversas colectivas en los Museos
de Arte Moderno de Osaka (Japón) (1990), de Bogotá
(Colombia) y Nueva York (1993), en el Museo de Bellas Artes de La
Habana (Cuba) (1992) y Museo Guggenhein, Nueva York (1998); Bienal
de Sao Paulo (Brasil) (1996) y las ferias de arte "Arte Sevilla"
(2006, 2007) y "De Arte", Madrid (2009, 2010 y 2011).
Ha sido distinguido con varios premios, especialmente en Argentina,
algunos de ellos vinculados a concursos de pintura mural.
La
pintura de Julio César Ovejero
Las vanguardias
del siglo XX, en contrario a los movimientos precedentes y a los
que se gestaron después, no surgieron como consecuencia de
la evolución de actitudes anteriores sino como quiebra de
los valores en que se sustentaban. Aunque toda evidencia en lo relativo
al arte debe ser aceptada con cautela, por ser complejas, contradictorias
e incluso contrapuestas las razones de las que nace, también
es cierto que sólo de su evidencia, de las consecuencias
visibles de su implícita transitorialidad, es posible extraer
datos que nos ilustren sobre su naturaleza.
Pero el arte
es, en paralelo, un hecho social. Se produce en un entorno y en
unas circunstancias que se superponen sobre el hecho estético
y en ocasiones lo determinan. En la segunda mitad del pasado siglo,
muy notablemente marcada nuestra vida civil y cultural por la adversa
coyuntura política y económica y como respuesta al
todo está hecho que propiciaba el abrumador peso de aquellas
vanguardias, lejanas y mitificadas, incluso del surrealismo pese
a la embriagadora impericia que lo soldaba formalmente a modos expresivos
periclitados, van a hacer su aparición movimientos, detentadores
de un escaso o tergiversado caudal de información, que propiciaron
pese a ello rupturas estéticas que tuvieron enorme trascendencia.
Esta suerte
de legítima reivindicación generacional, contaría
con un abultado bagaje doctrinal que derivaría, con el transcurrir
azaroso de los años y más decididamente en los inmediatos
al siglo que nos relegará a todos al olvido, en menos consistentes
y rigurosas elucubraciones, servidas generalmente por un lenguaje
de difícil comprensión, a favor de actitudes desacralizadoras
del pasado, bien que éste fuera el que en buena medida daba
carta de naturaleza a propuestas que, como nuevo escalón
en lo evolutivo, iban a configurar lo que vino a definirse como
modernidad.
En paralelo
y en todas las restringidas instancias culturales y de poder de
nuestro vasto mundo, las vanguardias serían, precisamente
por la adjetivación de históricas que no inocentemente
se les otorgara, recluidas en los panteones de los museos, en beneficio
de otras apetencias estéticas neutralizadas y neutralizadoras
y de la veleidad inversora para la que sus otras ya eran prácticamente
inalcanzables, aunque nunca se abjurara de su intrínseca
trascendencia y se ocultaran las a veces ostentosas rapiñas
con que artistas de reconocido prestigio o en el trámite
de lograrlo se beneficiaron.
Así,
junto a planeamientos realmente innovadores y valiosos, iba a imponerse
entre nosotros, con no desdeñable inhibición de lo
que convencionalmente entendemos como crítica, un arte de
la banalidad, de la improvisación, del ocurrente caligrama,
de lo casual, de la artificiosidad o de la obviedad, servido con
notable pobreza técnica, como paradigma de esa modernidad.
Sin embargo,
algunos artistas van a navegar a contracorriente para discurrir,
con lenguajes propios y diferenciados, por los caminos abiertos
a la exploración por quienes bien podemos considerar como
precursores, practicando un arte en gran medida heterodoxo por su
alejamiento de las formas expresivas tradicionales tanto como de
las más huérfanas de exigencias que el mercado parecía
demandar.
Es desde esa
perspectiva que hemos de aproximarnos a la obra de Julio César
Ovejero. Un meditado sentimiento lúdico, trasgresor, la contextualización
de los impulsos subjetivos que lo provocan (toma de conciencia,
permítasenos tan anacrónica calificación) y
la coherentemente ensamblada y meditada estructura del cuadro, van
a caracterizar su inmersión en una realidad concreta, a veces
caótica y bamboleante entre dos continentes, el de su nacimiento
y el que luego adoptara, evaluable desde una visión crítica
no deshumanizada (Cocteau escribiría que la piel es también
alma) a la vez política y sociológica. De aquí
que en su obra, amalgamadas, transustanciadas, ideologizadas, puedan
rastrearse desde las conturbaciones del alma y los sentimientos
como centro
de gravitación, a las que se derivan del reciente crac financiero
en que naufraga la civilización occidental, aún no
explorado en nuestra optimista y sobrevalorada plástica,
pero del que pueden advertirse algunos significativos subrayados
en su obra.
Seres asombrados,
compungidos, deslumbrados, impasibles, indignados, ásperamente
maltratados o cínicamente halagados, a veces sólo
el rostro sintetizando una desoladora y descarnada realidad, universalizada,
acuciante, identificable pese a las sintetizaciones, deformaciones
y mesuradas arbitrariedades cromáticas con que es trasladada
al lienzo.
La levedad de los empastes y su economía, a veces rugosamente
endurecidos o luminosamente dotados de difíciles transparencias,
la tersura y elasticidad de las aplicaciones cromáticas,
la contundencia de su dibujo certero y conciso, van a declinar la
teoría de exploraciones en la dramaturgia humana que J.C.O.,
desde un sentimiento de patética impotencia ante lo que no
puede transformar, se propone.
En paralelo,
sus bodegones, sus muertas naturalezas, en ocasiones de cezanniana
temperatura cálida y cordial, transparente, ensoñadora
y ensimismada o las más recientes cosificaciones del entorno
constructivo más próximo.
Su identidad
creativa, sustentada tanto en la glorificación estética
como en la introspección psicológica, en la conversión
en hecho plástico del desorden, del caos y de la alienación,
como en la búsqueda de la identidad escondida en los gestos,
en la raza o en las creencias, va a desarrollarse en torno a un
ideario lírico y ensoñador impregnado de atemperado
patetismo.
Sensaciones
y evidencias, blancos inquietantes, negros profundos, rojos perturbadores,
ocres y tierras ascéticos y a la vez convulsiva y tiernamente
portadores de internas tensiones, dotan a sus cuadros de una desasosegante
ambigüedad en cierto modo metafísica o metalírica
si recurrimos a un paralelismo poético. Alianza entre su
modo de insistir en la evidencia pero como contemplada a través
de un alegre caleidoscopio multicolor que permite a sus ojos ver
lo obvio y lo cotidiano con la sorpresa de lo visto por vez primera
haciéndolos fascinantes y atractivos. La incertidumbre, la
simulación, lo reprobable que debe ser ocultado, lo que degrada
o corrompe o ridiculiza o enternece - convicciones, creencias, afinidades
- son los componentes perturbadores de la pintura de J.C.O. La capacidad
del color para expresar estados de ánimo, para vitalizar
la materia inerte, para sustanciar lo que es sólo estética
por dogmática definición mediante la proyección
sobre esa estética de las conturbaciones y desasosiegos que
acompañas al ser humano.
Las imputaciones
de banalidad o gratuita artificiosidad que adjudicábamos
a un sector de la generación a la que Julio César
Ovejero pertenece, en absoluto se compadecen con la irreverencia
neoexpresivista que alienta en sus cuadros. La elocuencia plástica
de su lenguaje pareciera provenir de los hallazgos del expresionismo
abstracto en el que por algún tiempo militó, si bien
pronto lo dramáticamente tensional, impregnado de incitaciones
sensuales, en ocasiones resuelto mediante planos-secuencia que sirven
a lo narrativo del conjunto, se impondrán al optimismo atildado
y falsamente progresista, impostor y convencional, que trata de
insensibilizar hasta la piel que envuelve nuestro esqueleto.
Antonio Leyva,
De las Asociaciones, Madrileña, Española e Internacional
de Críticos de Arte.
Octubre,
2011
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